Programa de Rafael Colmenares al Concejo de Bogotá

Las Propuestas de Rafael Colmenares al Concejo de bogota, se resumen en 9 compromisos con la ciudad, de esta manera el programa "Vamos por Agua, Vida y Derechos Sociales" se enmarca en un modelo de ciudad distinta.....

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Robledo da pleno apoyo a Rafael Colmenares, número 9 por el Polo al Concejo de Bogotá

El senador Jorge Enrique Robledo dio entusiasta respaldo a Rafael Colmenares, número 9 en la lista del Polo Democrático Alternativo al Concejo de Bogotá....

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“Entrevista en Deslinde: Rafael Colmenares candidato del Polo al Concejo de Bogotá

De un movimiento ambiental, con perspectiva cada vez más política, surge el nombre de Rafael Colmenares al Concejo de Bogotá. Este abogado de la Universidad Javeriana, ha dedicado buena parte de su vida a la defensa y promoción del medio ambiente en el país.”.....

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Se abre paso el mínimo vital gratuito de agua

Por Rafael Colmenares Ex – Vocero del Referendo por el Derecho Humano al Agua. La Sentencia T 092 de 2011 que establecía veinte litros de agua potable gratuitos para quienes no tuvieran capacidad de pago del servicio fue anulada. Sin embargo, la nueva sentencia que en su lugar habrá de dictarse será mejor pues dicho mínimo se elevaría a 50 litros de agua por persona al día lo cual implicaría, en una vivienda de 4 personas, la cantidad mensual de 6 metros cúbicos mensuales.“”....

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martes, diciembre 20

2011: Invierno. ¿Cuál es la maldición -la Niña, el modelo depredador o un Estado ineficiente-?

Por: Rafael Colmenares Faccini (para www.razonpublica.com)

La segunda ola invernal confirma que el Estado no se preparó para enfrentar los efectos previsibles del cambio climático. Una tragedia fabricada por el hombre y agravada por la ineptitud de las autoridades nacionales y locales en Manizales, en Cúcuta, en Bogotá y a lo largo del país. Echarle la culpa a la inclemencia de las lluvias es tan poco racional como creer en maldiciones.


El verdadero karma

“Otra vez la maldita Niña se ha convertido en el karma de mi gobierno”, fue la insólita queja del presidente Santos cuando hace algunos días contemplaba las aguas desbordadas del río Bogotá, en la zona del Puente del Común.

La primera parte de la expresión — con maldición incorporada — corresponde al dominio de la escatología, pero la segunda resulta más acertada: karma es, según Wikipedia, y de acuerdo con varias religiones dhármicas, “una energía trascendente (invisible e inmensurable) que se deriva de los actos de las personas. De acuerdo con las leyes del karma, cada una de las sucesivas reencarnaciones quedaría condicionada por los actos realizados en vidas anteriores”.

En este caso son efectivamente los actos humanos, mejor, los actos deciertos humanos quienes, habiendo abusado de los sistemas productivos y urbanísticos, han provocado una tremenda vulnerabilidad: del riesgo derivado de un fenómeno natural previsible hemos pasado a un desastre real. Tales actos se remontan a bien atrás, pero en el pasado reciente han aumentado de manera sustancial, y sus consecuencias atormentan al actual inquilino de la Casa de Nariño.

No es el peor invierno

Pero ¡oh tragedia!, la Niña se atraviesa al paso de las locomotoras de la prosperidad, que no harán sino agravar la vulnerabilidad del territorio colombiano, que ya no resiste un atropello más y se convierte en torrente, en alud, en avalancha, ante un invierno un poco más fuerte de lo común.

El fenómeno de “La Niña” obedece a un enfriamiento de las aguas del Pacífico y desde 1903 se viene presentando con cierta periodicidad. No es pues algo reciente, y de hecho ha incidido sobre territorio colombiano en por lo menos quince ocasiones.

La afectación más grave entre 1903 y 2011 fue la ocurrida entre 1988 y 1989. ¿Por qué entonces se presentan ahora los enormes estragos que lamentamos?

Talando sin piedad

La respuesta puede encontrarse, por ejemplo, en el estudio Millenium Ecosystem Assessment (MA, 2004), citado por el profesor Juan D. Restrepo en los términos siguientes: “Uno de los mecanismos que tiene mayor impacto en las propiedades hidrológicas de una cuenca fluvial es el de los cambios en el uso y cobertura de los suelos, especialmente cuando se altera y convierte un tipo específico de ecosistema, como los bosques y pastos en una superficie para la agricultura o construcción de zonas urbanas” [1].

Aplicando lo anterior a Colombia, encontramos que desde la época colonial nuestro territorio ha sido transformado en un 40 por ciento, y que dicha alteración ha sido del 90 por ciento en la Costa Atlántica y del 75 por ciento en la zona andina, que son precisamente las áreas mas afectadas por las inundaciones [2].

Las transformaciones de una cuenca hidrográfica —recordemos que las cuencas del Magdalena y del Cauca atraviesan la zona andina y confluyen en la llanura costera— “afectan las tasas de infiltración, y por lo tanto la cantidad e intensidad de la escorrentía, expresada en reducciones de agua o en aumentos del caudal durante eventos o flujos extremos”, para decirlo en palabras del profesor Restrepo.

A propósito de la alteración de las cuencas que vertebran nuestro territorio, según el informe del Programa de Monitoreo de Deforestación presentado el pasado 30 de noviembre por el Director del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (IDEAM), durante el período 2005 – 2010 se ha registrado en Colombia un promedio anual de pérdida de bosque nativo de 238.000 hectáreas. Esta pérdida representaría el 4,7 por ciento de la deforestación mundial que, según la FAO, asciende a 5 millones de hectáreas por año.

Las cifras anteriores podrían ser aun más preocupantes, pues el profesor Jesús Orlando Rangel [3], reconocida autoridad en la materia y docente de la Universidad Nacional, señala que los datos del IDEAM no corresponden a las mediciones efectuadas mediante fotografías satelitales, que revelan 470.000 hectáreas taladas al año. De ser así, la contribución colombiana a la deforestación mundial se elevaría al doble, es decir, al 9,4 por ciento.

En estas condiciones, la mezcla de lluvias y deforestación resulta explosiva, como lo señalaron el meteorólogo Max Henríquez y el propio profesor Rangel [4].

De acuerdo con el Instituto Mundial de los Recursos (WRI) la tasa de deforestación anual en la Cuenca del Magdalena entre 1990 y 2000 fue del 2,6 por ciento, la más alta de cualquier cuenca suramericana de orden mayor y una de las más altas a nivel mundial para cuencas tropicales.

La pérdida de la cobertura original del bosque es del 87 por ciento. El IDEAM (2001) señala que cerca del 55 por ciento del área de la cuenca está destinada a la actividad agropecuaria, mientras que la cobertura de bosques alcanza solo el 26,4 por ciento [5].

Obra del hombre

De otra parte, y según el mismo estudio, el aumento de la población, principalmente la concentración en grandes centros urbanos, así como la introducción de nuevas tecnologías y medios de producción, han dado pie a grandes cambios ambientales en la cuenca del Magdalena. Estadísticas mundiales y nacionales indican que la densidad de población se encuentra entre 83 y 114 habitantes por km2, la más alta en el marco de los mayores sistemas fluviales de Suramérica.

La combinación entre deforestación y crecimiento demográfico, sistemas productivos destructores y tecnologías no apropiadas —a todo lo cual se añade un escaso o inexistente ordenamiento territorial— no podía producir resultados diferentes de los que estamos viviendo.

Los estragos

Los damnificados llegan a 3,04 millones de personas, según el Director del Socorro Nacional de la Cruz Roja, y los muertos a 418. Las viviendas destruidas o afectadas pasan del millón y llama la atención la cantidad de deslizamientos —240 solo en los últimos dos meses— lo cual es prueba elocuente del efecto de la deforestación sobre la estabilidad de las pendientes andinas.

Otro efecto dramático y paradójico de las intensas lluvias sobre un territorio que se ha tornado vulnerable por mal manejo es la destrucción de las plantas de potabilización (Manizales) o su inutilización (Cúcuta).

El mal ejemplo de Manizales

En Manizales, ciudad que crece y se expande en una zona de pendiente muy pronunciada de la Cordillera Central, una avalancha averió la planta Niza en octubre del año pasado, dejándola fuera de servicio. Un año después, otro deslizamiento de 300.000 metros cúbicos de tierra destruyó la planta Luis Prieto, la principal del acueducto de la capital de Caldas. Se vino abajo una ladera entera, dedicada a la actividad ganadera y deforestada de tiempo atrás.

El desabastecimiento de agua fue muy agudo, pues la planta Niza no pudo repararse sino cuando llegó la demorada financiación de Colombia Humanitaria. Ahora otro deslizamiento dejó nuevamente fuera de servicio la planta Luis Prieto y la ciudad solo cuenta con suministro parcial desde la planta Niza, ya en funcionamiento.

Mientras ocurría lo anterior, la empresa Aguas de Manizales —de propiedad pública en un 99 por ciento— paradójicamente invertía seis millones de dólares para operar el acueducto de la ciudad peruana de Tumbes. Un caso patético de la “eficacia” de la Ley 142 de 1994 sobre servicios públicos, que ordena ser rentables a las empresas de acueducto —ya sean públicas, privadas o mixtas— pudiendo acumular capital e incluso hacer inversiones en el extranjero. ¡No había dinero para reparar la planta Niza, en la ciudad, pero si para invertir en el exterior!

Más allá del escándalo anterior, que muestra las consecuencias de una torpe mercantilización del suministro de agua, cabe preguntarse por las condiciones en las cuales una ciudad puede desarrollarse en las abruptas pendientes andinas. ¿No requiere tal desarrollo un plan de conservación de la vegetación originaria, en zonas estratégicas, que disminuya los riesgos de deslizamiento? ¿No es urgente un plan de reforestación en vez de las concebidas obras de contención que enriquecen a los contratistas y agravan el problema?

El mal ejemplo de Cúcuta

El caso de Cúcuta es por lo menos tan grave como el de Manizales. Esta ciudad de más de medio millón de habitantes sufre por estos días el tercer período de corte y restricción del suministro de agua en los últimos cuatro años:

- El primero ocurrió en 2007, cuando una avería del oleoducto Caño Limón – Coveñas que atraviesa el río Pamplonita en las cercanías de la ciudad, lanzó a las aguas varios miles de metros cúbicos de petróleo, obligando al cierre de las compuertas de la planta potabilizadora de El Pórtico.

- Hace un año los lodos que traía el Pamplonita, resultado de la deforestación de la cuenca, hicieron necesario un nuevo cierre de la planta mencionada. La otra planta complementaria, que bombea aguas del río Zulia a la ciudad, también quedó inutilizada porque una tormenta dañó la central Termotasajero, que suministra la energía para el bombeo.

- Ahora una avalancha —nuevamente la deforestación en acción— rompió el oleoducto y obligó al cierre de la planta de El Pórtico.

El desabastecimiento de agua en Cúcuta es otra combinación de daño ambiental y mal manejo del riesgo por el paso de un oleoducto, sin las suficientes previsiones, pues es la segunda vez que se rompe en cuatro años.

Por cierto, el Acueducto de Cúcuta fue entregado en concesión hace algunos años a la empresa Aguas Kapital de la depredadora familia Nule. Son frecuentes las protestas por fallas en el servicio y cobro de tarifas excesivas.

Bogotá: de irresponsable en irresponsable

Con el paso de los días aparecen nuevos hechos para confirmar que la emergencia nacional es resultado de la confluencia de muchos factores, ambientales desde luego, pero también de orden político y social.

Por ejemplo, en Bogotá los cerros orientales han sido sometidos a intensos procesos de deforestación, urbanización y gran minería trasnacional (Holcim, Cemex y Fundación San Antonio de la Curia Arquidiocesana). Los cerros ya comienzan a volcarse literalmente sobre la ciudad.Basta con observar los recientes derrumbes en la Avenida Circunvalar al norte de la ciudad, tan divulgados por los medios, y los que ocurren más calladamente en la cuenca del Tunjuelito al sur de la urbe, afectando a miles de pobladores pobres.

Otro ejemplo: la dramática inundación de los apartamentos de la urbanización “Alameda del Río” en Bosa ha desatado una encendida polémica, pues Metrovivienda responsabiliza al Curador Urbano que dio la licencia de construcción. Éste señala a su vez al exalcalde Peñalosa por haber incluido los terrenos como urbanizables en el POT, expedido en 2002, y Peñalosa a la CAR por no haber dragado el río.Los desbordamientos del río Bogotá se deben, sin duda, a laaceleración de la escorrentía por los procesos de urbanización, deforestación y cambios de uso del suelo en el Distrito Capital y la Sabana de Bogotá.

Ponen de presente también un manejo amañado del río en la zona de Alicachín, donde éste debe ser represado para mantener un nivel adecuado al funcionamiento de la planta de bombeo que lleva sus aguas al Muña, que alimentan la operación de la hidroeléctrica El Charquito, propiedad de Emgesa. Es decir, esta práctica a favor de la empresa puede estar incidiendo en las inundaciones aguas arriba [6].

Modelo depredador y Estado ineficiente

Como si algo faltara, crecen las críticas a la gestión desordenada de Colombia Humanitaria, confiada a un exbanquero como prenda de garantía de su eficiencia para reconstruir la infraestructura averiada en la primera y segunda ola invernal y prevenir nuevos desastres.

En conclusión queda claro que la maldición no es la Niña, sino el modelo de desarrollo depredador y un Estado cada vez más ineficiente. Para conjurar la Niña lo primero sería mirar de frente el problema, detener la tala de los bosques nativos e iniciar un proceso verdadero y participativo de ordenamiento territorial que recupere el equilibrio de nuestros desbarajustados ecosistemas.

* Ex vocero del Referendo por el Derecho Humano al Agua, Ex Candidato al Concejo de Bogotá, Ex director del ECOFONDO. @RafColmenares en Twitter.

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miércoles, diciembre 14

El Parque Tayrona es un bien común


Por Rafael Colmenares.

Cuando se piensa en qué identifica a Colombia uno de los paisajes que surgen de inmediato es el Parque Tayrona, con el imponente oleaje de Cañaveral y el azul y verde de Neguanje, Cinto y tantas otras bahías y ensenadas de aquel maravilloso y mágico lugar.

Constituye, sin duda, el Parque Natural Nacional por antonomasia y es tal vez el sitio más visitado del territorio nacional desde que, a principios de los setenta, un puñado de ambientalistas encabezados por Alegría Fonseca convocaron un movimiento nacional que derrotó el proyecto hotelero del gobierno de entonces. Esta victoria es una de las más preciadas entre las logradas por el ambientalismo y el movimiento indígena, al lado de la no exploración de petróleo en el territorio Uwa, la derrota de la Ley Forestal, los dos millones de firmas por el agua y la recientemente lograda defensa del páramo de Santurbán.

No hay duda de que el Tayrona es un bien común de colombianos y colombianas y de la humanidad. Sin embargo, en la era de la economía global de mercado todo está en venta: el agua, el aire, la educación, la cultura, los códigos genéticos, las semillas, el paisaje y el ser humano mismo son las últimas fronteras de un capitalismo rapaz y voraz.

El Parque Tayrona ha sido codiciado de tiempo atrás. La oligarquía samaria, una de las más retrógradas del país, nunca aceptó vender sus propiedades dentro del parque y logró ganarle al Estado los procesos jurídicos que el Inderena intentó para obligarla. Ahora, esta fronda de terratenientes, encuentra en el capital transnacional dedicado al negocio del turismo un inmejorable aliado, al cual se suman importantes e influyentes figuras de la política nacional y los negocios que cada vez son más la misma cosa.

Teníamos razón quienes veíamos con sospecha la entrega en concesión de los servicios ecoturísticos al empresario Bessudo. Era el primer paso en la aplicación de la doctrina Uribe según la cual había que “valorizar” los parques naturales nacionales, como si la biodiversidad que contienen y su singular belleza no fueran un valor en si mismo, claro esta: no monetario. Pero como el destino trágico de Colombia es que lo malo da paso a lo peor ahora estamos en frente de una explotación turística transnacional que superará con creces los negocios domésticos de Bessudo.

Muchas cosas van quedando claras: el hilo conductor de la política de los últimos gobiernos colombianos desde la apertura de principios de los noventa es la privatización. El gobierno de Santos concreta lo que se insinuaba desde hace veinte años, se desarrolló sin pausa y se aceleró con Uribe: el secuestro de lo común y de lo público.

La defensa del Parque Tayrona por su importancia y por ser uno de los símbolos nacionales más preciados permite confluir en la lucha por la defensa de los bienes comunes: agua, educación, tierra, trabajo, salud, diversidad ecológica y cultural.

Me atrevo a proponer una gran marcha y una navegación en donde estudiantes, trabajadores, ambientalistas, indígenas, afrodescendientes, parlamentarios y concejales honestos, confluyamos en la playa de Arrecifes para decir basta a la privatización de la vida.

viernes, diciembre 9

BOGOTA: ¿Ciudad sostenible?

Por Rafael Colmenares, ex – vocero del referendo por el derecho humano al agua.


Abordar la problemática ambiental de la ciudad va más allá de interrogarse por el estado de los elementos naturales que aún la circundan, el grado de arborización a su interior, la calidad del aire que se respira, o la disposición de las basuras que genera. Si bien incluye todo lo anterior se requiere una mirada mucho más amplia, profunda e integral. Para ello es entonces útil la pregunta que encabeza estas notas sobre el tema: ¿Qué tan sostenible es la Bogotá actual?

La pertinencia del interrogante surge también de la responsabilidad política de quienes aspiran a gobernarla pues si hasta ahora las expectativas, en gran medida insatisfechas o frustradas, de los ciudadanos han girado en torno al acceso a los servicios públicos, una vivienda adecuada, un transporte eficiente, una educación de calidad, un empleo digno y otros aspectos de indudable importancia, hoy en día es también fundamental examinar las condiciones ambientales que garantizan que las actividades urbanas puedan seguirse realizando, así como el impacto que dichas actividades causan sobre la ciudad misma y el entorno inmediato y mediato que las posibilita y los factores globales que inciden en la viabilidad de una ciudad de las dimensiones de la capital colombiana.

Todo lo anterior adquiere sentido en la perspectiva de transformación del modelo de ciudad hasta ahora imperante pues no cabe duda, a estas alturas, que el implementado ha generado múltiples problemas y una creciente segregación social en la ciudad.

LA CIUDAD HABITAT CULTURAL DE LA ESPECIE HUMANA

Para abordar los problemas urbanos desde esta perspectiva es necesario explicitar algunos conceptos ambientales, comenzando por señalar que la ciudad es el “habitat cultural del hombre”, como lo señalara Augusto Ángel Maya, quien al igual que otros pensadores ambientales partía de identificar las diferencias entre la especie humana y otras especies vivas. Siendo aquella como éstas parte de la naturaleza, la especie humana sin embargo puede escapar a la organización de la vida en cadenas tróficas y nichos ecológicos y mediante la tecnología puede transformar ciertas condiciones concentrando la producción de energía neta. Esto le ha permitido aumentar su población en forma vertiginosa en consonancia con los avances tecnológicos y concentrarla en ciudades. Tal proceso ha sido sin embargo desigual, en términos sociales, y traumático en términos ecológicos. Si bien la tecnología permite ampliar los márgenes de resiliencia de los ecosistemas para aumentar su producción y capacidad de absorción en función del desarrollo urbano este proceso no carece de límites, es decir la tecnología no es omnipotente y tarde o temprano el proceso mismo genera problemas que no puede resolver.

Por otra parte el proceso de urbanización de los últimos dos siglos se ha dado en el marco del predominio del modo de producción capitalista el cual subordina la satisfacción de las necesidades humanas a la obtención de la ganancia y mercantiliza crecientemente todas las relaciones[1]. Esto ha impedido la reorientación de los paradigmas tecnológicos hacia formas mas adecuadas de relación con los ecosistemas retrazando, por ejemplo, la utilización de energías limpias e imposibilitando la reorganización de los habitats humanos en formas desconcentradas, menos energívoras, e interconectadas mediante los modernos medios de comunicación.

LA FORMA METROPOLI

El proceso de urbanización ha desembocado en la segunda mitad del siglo XX en lo que Ramón Fernández Durán denomina “la forma metrópoli”[2], la cual se presenta bajo dos modalidades a saber: la Ciudad Global en los espacios centrales y la Megaciudad Miseria en los periféricos, advirtiendo el autor que entre estas dos formas extremas hay toda una gama de combinaciones y una redefinición constante de la jerarquía del sistema mundial de metrópolis dependiendo de la disputa existente por la hegemonía mundial.

Fernández Durán identifica de la siguiente manera las condiciones que han permitido el acentuamiento, a partir de los años ochenta, de la forma metrópoli particularmente en las Ciudades Globales: 1) Un flujo petrolífero barato y en ascenso 2) Expansión sin precedentes del consumo de energía eléctrica, una gran parte del mismo de origen fósil 4) nuevas tecnologías de la información y las telecomunicaciones 5) Potenciación del transporte motorizado.

Ahora bien, si las condiciones expuestas han posibilitado el estallido de lo que el mismo autor denomina “mancha de lava metropolitana”, muestran a su vez la enorme vulnerabilidad de tales metrópolis sobre todo si tenemos en cuenta el denominado “pico del petróleo” y la amenaza del cambio climático global.

Entre tanto y según el mismo autor: “Uno de los rasgos más característicos de las Megaciudades Miseria, en especial en sus escalones más bajos, es su fortísima dualización, y la existencia dentro de la misma metrópoli de dos mundos absolutamente diferentes. Aquel conectado con la Economía Mundo, y aquel otro absolutamente marginado de la misma. Aquel ligado a la economía formal y que participa en parte de los mismos “avances” de las metrópolis centrales: Grandes Centros Comerciales, transporte motorizado, vivienda producida industrialmente y urbanizada, de aquel otro en que estos adelantos son inalcanzables”[3].

El cuadro urbano a finales del siglo XX, a lo largo del cual la población pasó de 1.600 a 6.200 millones de habitantes es según Fernández Durán el siguiente: En 2000 había ya unas 400 metrópolis en el mundo que superaban el millón de habitantes, y de ellas cerca de 70 “Megaciudades”, o regiones metropolitanas, que excedían los diez millones de habitantes. Y en la actualidad hay casi 500 metrópolis millonarias….Sin lugar a dudas podemos afirmar que el siglo XX ha vistos como la forma “metrópoli” proliferaba y se extendía sin control por el mundo entero, convirtiéndose en el elemento simbólico determinante de la urbanización mundial”[4].

LA ESTRUCTURA ECOLÓGICA PRINCIPAL DE BOGOTA

La pregunta por la sostenibilidad parte de analizar las características del territorio sobre el cual se asienta la ciudad y la forma como ha sido afectado.

El territorio sobre el cual se asienta Bogotá es una planicie que forma parte de la Sabana del mismo nombre, enmarcada al oriente por los Cerros Orientales y al Occidente por el río Bogotá. Al Norte continua la Sabana y al Sur la cordillera va cerrando el espacio en dirección occidente.

El territorio esta atravesado por varios ríos y quebradas[5] que discurren de Oriente a Occidente, desembocando en el río Bogotá que fluye, formando amplios meandros, hacia su salida de la Sabana en el Salto del Tequendama. Este flujo de las aguas desde los cerros hacia el río conforma una red hídrica que en las proximidades del río presenta chucuas, pantanos y lagunas, hoy en día denominados genéricamente como humedales.

Actualmente los remanentes tanto de los cerros, como de los ríos y humedales y el propio río Bogotá conforman lo que ha dado en denominarse “Estructura Ecológica Principal” conformada por un conjunto de áreas de protección.

Mientras la ciudad y su población no fueron muy grandes el impacto sobre el ecosistema en que se asentaba no fue mayor[6]. Al acelerarse el crecimiento urbano sobre todo a partir de la mitad del siglo XX, la devastación comenzó a agudizarse sobre todo si se tiene en cuenta que los elementos naturales del territorio no fueron vistos como valores e incluso la mentalidad colonial y neocolonial imperante llevó a asemejar el paisaje urbano y rural con los modelos europeos y norteamericanos[7].

A finales de los noventa la ciudad había llegado al río, salvo en algunos espacios, y solo la acción del movimiento ambiental con el apoyo discontinuo del DAMA y algunos medios de comunicación lograron salvar algunos humedales en particular el de La Conejera y parcialmente otros como Tibabuyes, Jaboque, Santa María del Lago, El Burro y la Vaca. Los ríos Juan Amarillo, Arzobispo, Fucha, Tunjuelo y San Francisco, entre otros, habían sido canalizados y sepultados y formaban oficialmente parte del sistema de alcantarillado de la ciudad. Los Cerros Orientales estaban siendo urbanizados tanto por los estratos altos como por los bajos bien arriba de la Carrera Séptima y solo subsistían en buen estado las zonas de mayor pendiente y los predios de propiedad de la EAAB.

Las tensiones entre urbanización y preservación ambiental, pulso en el cual la segunda se sacrifica en aras de la primera, conduciendo al debilitamiento de de la figura de “Estructura Ecológica Principal” como forma de regular la expansión de la ciudad sobre los ecosistemas que estructuran el territorio donde se asienta o lo que queda de ellos, se evidencia en tres sectores claves de la misma: los Cerros Orientales; la ronda y la zona de manejo ambiental del río Bogotá y los humedales y, finalmente, el área al norte de la Calle 170.

La Reserva Forestal de los Cerros Orientales.

La reserva data de la Ley 2ª de 1959 y tiene un área aproximada de 14.000 hectáreas, de las cuales 5.000 son propiedad de la EAAB y el resto son de propiedad privada. La figura de la Reserva Forestal, en este caso protectora, impide a los propietarios de la tierra realizar actividades diferentes a la conservación del bosque. No obstante esta prohibición no ha podido contener la urbanización del área, la cual se ha desarrollado de manera ilegal en los barrios populares y mediante subterfugios legales en los sectores de estratos altos y también de manera abiertamente ilegal en otras ocasiones.

El conflicto de intereses entre urbanización y preservación, en los Cerros Orientales, ha pretendido resolverse mediante un Plan de Manejo y Ordenamiento – POMCO – que fue resultado de una concertación entre el MAVDT, el DAMA y la CAR y para lo cual las tres entidades suscribieron el Convenio No. 012 de 2001. El POMCO fue formulado reconociendo la urbanización existente en los Cerros Orientales de todos los estratos pero cuando debía ser aprobado por las entidades la CAR se retiró del Convenio, en Julio de 2004, aduciendo desacuerdos y anunciando que asumiría íntegramente su formulación. Entonces el MAVDT expide, en Abril de 2005, la Resolución 463 mediante la cual re -delimita la Reserva, adopta su zonificación, reglamenta sus usos y manejo. Esta resolución sustrae de la reserva 973 hectáreas, de las cuales la mitad no han sido aún urbanizadas, con lo cual queda claro el sentido de la decisión que no es otro que facilitar la construcción de viviendas en áreas aún intocadas dentro de la Reserva y legalizar las ya existentes.

Esta Resolución fue impugnada y el proceso administrativo se encuentra en el Consejo de Estado desde hace seis años a la espera de una sentencia. Entretanto la indefinición, de la cual se aprovechan los diferentes urbanizadores, continúa. Un sendero ecológico que comenzó a construirse desde Usme hacia el norte fue suspendido a la espera de dicha decisión.

Área de Reserva Forestal Regional del Norte

En Julio del presente año la CAR procedió a declarar la Reserva Forestal del Norte, transcurridos diez años desde que el Ministerio de Medio Ambiente mediante Resolución 475 de 17 de Mayo de 2000, ordenara que tal declaración se hiciera previo acuerdo entre la CAR y el Distrito. Pareciera que en este caso la preservación de tan importante espacio, el cual contiene un enorme acuífero y otros valores ambientales, triunfó sobre la urbanización destructiva. Sin embargo, muchos fueron los parajes de la ahora reserva urbanizados y destruidos mientras duró la indefinición. Fue sin embargo un resultado positivo de la negación de la expansión de la ciudad hacia el norte que pretendía el Alcalde de Peñalosa y que no fue aceptada ni por la CAR ni por el Ministerio.

El río Bogotá y los humedales.

El río es indudablemente el elemento estructurante del territorio en el cual se asienta Bogotá. Sin embargo en el, como en el que más, se refleja la huella ecológica de la ciudad.

La carga contaminante que se deposita en el río lo ha convertido según Pérez Preciado en la mayor alcantarilla abierta de Colombia[8]. Por otra parte la ciudad ha invadido la ronda del río en varios puntos. Dicha ronda fue definida por el Acuerdo 6 de 1990 en 300 metros a partir del borde del río, decisión que fue mantenida en el POT.

La recuperación del río Bogotá ha pasado por diversas etapas sin que hasta el momento se haya encontrado un camino cierto para lograrla. A principios de los noventa la administración de Jaime Castro firmó un contrato con la Suez – Degremont, que actuaba con la denominación de Bogotana de Aguas, para construir tres plantas de tratamiento en la desembocadura de los ríos Salitre o Juan Amarillo, Fucha y Tunjuelo. Tanto la construcción de las plantas como los tipos de tratamiento (primario, secundario y terciario) serían progresivos. Es indudable que el contrato era altamente oneroso como corresponde a las prácticas leoninas de la multinacional, sin embargo garantizaba que el río volvería a tener aguas limpias. Se construyó la primera planta, la del Salitre, con tratamiento primario de las aguas residuales que llegaban a ella. Poco después la administración Peñalosa emprendió una campaña contra este tipo de solución y la segunda administración Mockus dio por terminado unilateralmente el Contrato con Bogotana de Aguas, pagando una indemnización de alrededor de 80 millones de dólares.

Actualmente la descontaminación del río depende del cumplimiento de un Acuerdo Interinstitucional presionado por una sentencia del Tribunal Administrativo de Cundinamarca[9]. En este Acuerdo firmado entre el MAVDT, la EAAB, el DAMA y la CAR, el 24 de noviembre de 2006, a la CAR le corresponden las acciones de tratamiento de las aguas residuales de las cuencas de los ríos Salitre, Torca y Jaboque en el sitio denominado PTAR – Salitre y su conducción final al Distrito de Riego de La Ramada. Así mismo la denominada adecuación hidráulica del río Bogota. Entretanto a la EAAB le correspondía realizar las obras para el manejo de caudales de la cuenca de El Salitre, los interceptores de aguas residuales en los ríos Fucha y Tunjuelo y el interceptor que conduce dichas aguas a la planta de tratamiento de aguas residuales – PTAR- Canoas. Así mismo la construcción de la estación elevadora para llevar las aguas tratadas al embalse del Muña a fin de utilizarlas en la generación de energía eléctrica

La “solución” sería, finalmente, el entubamiento de las aguas residuales y del propio río Bogotá, alternativa desechada cuando se contrataron las tres plantas que construiría la Bogotana de Aguas - Degremont[10]. Sin embargo, la planta de Canoas no cuenta aún con financiación y este será uno de los temas a resolver por la próxima Alcaldía, aunque el Presidente Santos ha anunciado que se hará con financiación del Banco Mundial por 500 millones de dólares. Lo paradójico es que las aguas que se trataran en la planta de Canoas no irán al río sino al embalse del Muña para ser utilizadas en la infraestructura hidroeléctrica de Emgesa. Es decir una enorme inversión que ni recupera el río, ni controla las inundaciones, sino que beneficia a la transnacional Endesa, dueña de Emgesa.

El problema del deterioro del sistema hídrico que se ha venido analizando no significa solamente la pérdida del paisaje y de las especies de flora y fauna propias del mismo, razón suficientemente fuerte como para cuestionar el tipo de “desarrollo urbano”, imperante en Bogotá. Dicho problema trae como consecuencia las inundaciones de las cuales la población asentada en el borde occidental es la principal víctima. Estas son consecuencia de la pavimentación y endurecimiento del suelo urbano más allá de cualquier límite razonable y de la pérdida de los humedales como depósitos naturales de los excesos de agua propios de las temporadas de lluvia. La pérdida de los humedales como factor determinante de las inundaciones se suma así a la destrucción de los Cerros Orientales. Al respecto de la incidencia de estos dos factores combinados resulta ilustrativo un reciente informe de la EAAB, según el cual una gota de agua que cayera en los Cerros Orientales en los años cincuenta se demoraba dos días en llegar al río Bogotá, actualmente se demora dos horas.

BOGOTA: CIUDAD MISERIA

En los tres casos expuestos se ve con claridad como la urbanización guiada por el lucro derivado de la mercantilización del suelo urbano impide la planificación y desborda la ciudad sobre el territorio que le sirve de asiento, destruyendo los ecosistemas que vertebran dicho territorio y los servicios ambientales que los mismos brindan. Este proceso, la lengua de lava urbana de que habla Fernández Durán, genera diversos factores de insostenibilidad y a la vez exige mayores aportes de energía para el funcionamiento de la ciudad. Por ejemplo para la alimentación de la creciente población, la cual comienza a abastecerse de alimentos que provienen de regiones cada vez mas lejanas pues los agroecosistemas próximos han sido urbanizados o dedicados a cultivos industriales, como la floricultura, que aprovecha las oportunidades que brinda la infraestructura de transporte aéreo construida para la conexión de la ciudad con el resto del país y el mundo.

Todo lo anterior mas la concomitante y creciente segregación social, ubican a Bogotá en la categoría de “Ciudad Miseria” que describía Fernández Durán.

LA TRANSICION HACIA UNA CIUDAD SOSTENIBLE

Es indudable que la insostenibilidad actual de Bogotá no puede superarse dentro del actual modelo urbano que la rige. Por ello la única opción es el cambio de modelo. ¿Cuales serían las características del nuevo modelo?

No es fácil resolver esta pregunta y se corre el riesgo de caer en la especulación. La dificultad radica en la ausencia de modelos alternativos que se hayan implementado. Sin embargo, existen experiencias en otras ciudades del mundo y, en la propia Bogotá, hay propuestas que surgen de los sectores populares en cuanto a como resolver el problema de los Cerros Orientales (Mesa Cerros), la experiencia de salvamento de los últimos humedales existentes e incluso algunos avances en agricultura urbana y periurbana.

Con la advertencia anterior algunas de las características de una ciudad alternativa y sostenible, pensando en Bogotá, apuntarían en primer lugar a una menor concentración poblacional. En segundo lugar, en vez de la actual conurbación, se tendería a tener varios centros urbanos en la región, separados por espacios dedicados a la producción agropecuaria en términos sostenibles y por espacios dedicados a la conservación de los ecosistemas que proveen los servicios básicos para la población y para el mantenimiento de la capacidad de carga de los ecosistemas. Dichos centros urbanos estarían interconectados aprovechando las telecomunicaciones contemporáneas. Se dispondría de una matriz energética sostenible, siendo urgente iniciar el cambio de fuente fósil, actualmente en uso, a la solar. Finalmente, se privilegiaría el transporte público, masivo y eficiente frente al vehículo particular.

Por otra parte el avance hacia un nuevo modelo de ciudad implicaría decisiones a nivel nacional que tendrían que ver con una política de asentamientos urbanos prevista en la Ley 99 de 1993 y nunca implementada. Por el contrario la actual “locomotora urbana” del Plan de Desarrollo de Santos no haría sino profundizar el modelo que se viene criticando. Un nuevo modelo de ciudad, implicaría, finalmente un Proyecto Nacional de Vida, Alternativo y Ambientalmente Sostenible.

[1] Véase, Augusto Ángel Maya, El retorno a la tierra,

[2] Véase “Un planeta de metrópolis (en crisis)”. Ramón Fernández Durán es un investigador y activista español, miembro de Ecologistas en Acción, recientemente fallecido.

[3] Ibídem pagina 21

[4] Ibídem

[5] Para tener una idea del importante flujo de aguas que proviene de los Cerros baste considerar que el equipo de humedales y quebradas de la Gerencia Ambiental de la EAAB, identificó 198 quebradas en el 2006. Véase “Ambientalistas en la gerencia ambiental del acueducto de Bogotá, balance y perspectivas” por Germán Galindo y Gloria Stella Moreno, en Boletín Institucional de Ecofondo No. 28, páginas 82 y siguientes.

[6] No obstante con posterioridad a la Conquista se inició un proceso de tala de bosque en las partes planas de la Sabana y en los Cerros, que condujo a mediados del Siglo XX a la desaparición del encenillo y a la mengua y extinción de especies de fauna como el venado. Igualmente se adelantaron diversas acciones de desecación de pantanos y chucuas a fin de habilitar tierras para cultivos y ganados. La introducción del eucalipto formó parte de los planes de desecación.

[7] Esta tendencia se observa en la sustitución de la vegetación nativa por bosques de pinos y en la arborización urbana con base en especies foráneas, matizada en las dos últimas décadas con una revalorización de las especies nativas.

[8] Véase Alfonso Pérez Preciado, “El problema del río Bogotá” en www.alverdevivo.org. Según el autor: “La contaminación biológica es muy alta entre la desembocadura del río Juan Amarillo y Alicachín (embalse del Muña) . Los valores máximos los alcanza aguas abajo del Tunjuelo una vez que el río ha recibido la totalidad de las aguas residuales de Bogotá. En este tramo la DBO alcanza valores medios cercanos a 143 mg/l, con cargas orgánicas del orden de 403 toneladas de O2 al día. Los coniformes totales suben a 28 millones en promedio, con picos de hasta 79 millones (NPM 100/ml). No obstante que la contaminación biológica disminuye aguas abajo de Alicachín, ella continúa siendo alta hasta el río Magdalena, al cual vierte una carga orgánica equivalente a 143 Ton O2/dia. Se estima que el río Bogotá vierte al Magdalena, diariamente, las siguientes cantidades de contaminantes físicos y químicos: 318 Kg de cromo, 278 Kg de plomo, 140 ton de hierro, 1.11 ton de detergentes, y 835 toneladas de sólidos en suspensión entre otros.”

[9] La sentencia fue proferida por el Tribunal Administrativo de Cundinamarca el 25 de Agosto de 2004, en virtud de una Acción Popular interpuesta para lograr la descontaminación del río, con ponencia de la Magistrada Nelly Villamizar de Peñaranda.

[10] La principal crítica fue la imposibilidad de reutilizar las aguas servidas. Adicionalmente el entonces Alcalde Mockus consideró que tal solución era antipedagógica pues escondía la contaminación del río. En aquella época el mencionado Alcalde apoyaba la contratación con la compañía francesa. Luego cambió de posición y terminó avalando el entubamiento del río.

lunes, octubre 31

AGRADECIMIENTO


Envío un fuerte abrazo a las 4.200 personas que confiaron en mi propuesta en las elecciones de ayer y reitero mi decisión de continuar luchando por las causas ambientales y sociales desde los espacios propicios para ello y en mi condición de ciudadano.


Agradezco igualmente a quienes propusieron mi candidatura y la apoyaron, y a las personas que trabajaron conmigo hombro a hombro en estos tres meses.


Aprovecho para felicitar a los concejales electos del Polo Democrático Alternativo y de los demás partidos y movimientos, a quienes corresponde el enorme pero estimulante reto de convertir el Concejo de Bogotá en un espacio realmente deliberante y decisorio a favor de los intereses de la ciudad y la ciudadanía.


Cordialmente,


Rafael Colmenares Faccini